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Incertidumbre

Incertidumbre

Si tuviéramos que elegir una palabra que definiera la situación en que se encuentra el sector transporte terrestre de contenedores en general y el vinculado al puerto de Barcelona en particular, no hay ninguna mejor que la que da título a este artículo.

Además, es una sensación con la cual nos hemos acostumbrado a vivir ya que lleva instalada entre nosotros desde hace años.   Cada vez es más difícil hacer previsiones. Cualquier decisión es tomada con muchas reservas porque los indicadores que hoy te señalan en una dirección, mañana te señalan en la contraria.

Este año que acaba es un ejemplo perfecto. A un periodo inicial que continuaba con el frenético ritmo del segundo semestre del año anterior, le siguió un importante descenso de la actividad, para después ir recuperándose poco a poco hasta llegar a estos últimos meses con otra caída que observamos con temor, pues las previsiones auguran que seguirá la misma tónica durante el primer trimestre del 2026.

Los motivos de estas bruscas oscilaciones los podemos encontrar en los conflictos armados y en la inestabilidad política. Cabe destacar la vuelta al poder en el mes de febrero, del señor Trump, el cual no dudó en imponer aranceles generalizados a las materias primas y productos extranjeros, una estrategia que anunció en campaña y que buscaba reducir su déficit comercial y proteger la producción nacional. A la espera de ver si esta política no le es contraproducente a medio o largo plazo, las consecuencias inmediatas son un mundo con mayor fragmentación comercial y menor crecimiento económico, ya que las empresas posponen decisiones de inversión y consumo a la espera de que mejoren las condiciones para minimizar riesgos y obtener mejores rentabilidades.

En el ámbito local, si las empresas de transporte tuvieran una base sólida en la cual afianzarse cuando los vientos no soplan a favor, quizá serían capaces de afrontar en mejor posición estos periodos de inestabilidad. Sin embargo, en contraste con un escenario internacional tan volátil, nos encontramos con unas constantes que inciden negativamente y que difícilmente van a cambiar a corto plazo.

Por un lado, existe una falta de relevo generacional con cerca del 50% de los conductores actuales por encima de los 55 años y una presencia bastante escasa de jóvenes de 25 años. Las condiciones de trabajo son una gran barrera, largas horas de disponibilidad, la escasa conciliación familiar e infraestructuras insuficientes son importantes factores que actúan como barreras que desvían el talento hacia otros puestos de trabajo. Tampoco ayuda la percepción social de un puesto de trabajo poco valorado, y con una presencia de personal femenino muy residual.

En paralelo a la crisis de personal debemos abordar la descarbonización. La transformación del transporte por carretera es esencial para alcanzar los objetivos climáticos de la Unión Europea. Sin embargo, la adquisición y despliegue de vehículos industriales impulsados por tecnología verde han tenido un seguimiento notablemente bajo.  Los factores que frenan esta transición son claros: coste inicial elevado, infraestructuras insuficientes que limitan la autonomía y la operativa.

Hay tímidos intentos de incorporar vehículos eléctricos, pero los pocos que hay, están limitados a rutas y destinos muy específicos y en los que hay que contar con la colaboración del cliente para poder obtener el máximo rendimiento operativo y rentabilizar su adquisición.

Ante esta situación no nos queda otro remedio que seguir presionando a las instituciones, autoridades, instalaciones y clientes para mejorar las condiciones laborales que tenemos actualmente en el desarrollo de nuestra actividad.

Los principales objetivos a alcanzar serían los siguientes:

Formación adecuada para el colectivo, que le permita conocer el entorno portuario y los procedimientos de cada instalación, a fin agilizar los procesos y reducir los riesgos.

Reducir los tiempos de espera. La limitación física de las instalaciones y la concentración de los servicios en una franja horaria determinada, hacen necesaria la depuración de procedimientos ineficaces que ralentizan la operativa.

Mejorar el aspecto económico.  Volver a hacer atractiva la profesión para captar talento. Los costes de explotación han aumentado entre un 30% y 40% en los últimos 20 años, mientras que las tarifas han subido mínimamente alrededor de un 7%.

Incrementar los espacios dedicados a estacionamiento y descanso.  Dotar de plazas de aparcamiento seguro dentro y en las inmediaciones del puerto. No tiene sentido que un vehículo que desarrolla su actividad en el puerto tenga que recorrer 20 o 30 km al final de la jornada para quedar estacionado

Reclamar subsidios y becas para ayudar a cubrir los altos costos de la obtención de licencias (CAP, permisos específicos) y formación especializada.

Conclusión

La incertidumbre se ha consolidado como el eje sobre el que gira nuestra actividad. Mientras las fuerzas geopolíticas y comerciales dibujan un panorama de fragmentación y volatilidad, obligando a posponer la toma de decisiones, la base operativa local se debilita por problemas estructurales que son constantes.

La crisis de relevo generacional y las condiciones laborales precarias (largas jornadas, escasa conciliación) actúan como un ancla que impide al sector afrontar la inestabilidad global desde una posición de fortaleza. A esto se suma la lenta pero inevitable transición hacia la descarbonización, paralizada por los altos costes y la falta de infraestructura de apoyo.

Ante este doble desafío —la volatilidad externa y la fragilidad interna—, el camino a seguir es la acción conjunta y la presión estratégica. Solo a través de la consecución de objetivos tangibles como la reducción de tiempos de espera, la mejora urgente de las tarifas para reflejar los costes reales y la inversión en formación y dignificación de la profesión, el sector podrá construir la base sólida que necesita para reducir los riesgos globales, atraer talento y asegurar su supervivencia y competitividad en un entorno cada vez más impredecible.